El “ser” de una organización

Las organizaciones se definen como grupos de individuos que interactúan coordinadamente y de manera sistemática para generar un producto o servicio, para alcanzar unas metas. Su permanencia en el tiempo, en el caso de las organizaciones con fines de lucro, depende de la generación de beneficios para quienes las crearon.

¿Si no consideramos a la organización como una máquina de hacer dinero, cuál sería la alternativa? ¿La podríamos considerar como un ser vivo?, tal como lo sugiere el teórico de negocios holandés Arie de Geus, en su libro “La empresa viviente”, quien sugiere que las organizaciones son comunidades de seres vivientes.

Cuando las organizaciones optan por parecer una máquina de hacer dinero la forma en que se concibe al recurso humano tiene una visión muy distinta. Implica que ésta es creada por alguien, que tiene un dueño, que existe para un propósito concebido por su creador, que es controlada por quien la opera, donde sus acciones son reacciones a decisiones y metas de su dueño, y en la que las personas son un recurso que espera ser utilizado. 

Verla como una máquina significa que fallará a menos que sea reconstruida por su creador; de hecho, algunas organizaciones tienen baja expectativa de vida y poca vitalidad, síntomas que en la salud de los seres vivos predicen una muerte prematura.

Por el contrario, si vemos la organización como un ser vivo implica que su recurso humano pasa de ser justamente un recurso a ser un talento que tiene autodeterminación, que no es  propiedad de nadie y que persigue sus propios fines. Los seres humanos no son controlables -al menos no como una máquina-, sino inspirados por otros. 

Al igual que los seres vivos crean sus propios procesos, en los que el cuerpo humano genera sus propias células y éstas sus propios órganos que, luego por sistemas corporales, se comunican entre sí, de la misma manera, las relaciones entre colaboradores crean sus propios medios y canales para comunicarse entre sí, para motivarse mutuamente, para coordinar acciones y hacer su trabajo; son redes creadas por los propios individuos. 

Los seres vivos evolucionamos de manera natural, tenemos nuestra propia identidad, personalidad y capacidad de actuar con autonomía. Sólo un ser viviente puede aprender y desaprender, cambiar y adaptarse al entorno o crear su propio entorno, de acuerdo con sus aspiraciones y motivaciones.

La metáfora de la máquina invita a ver la organización como un ser viviente, a cuidar de su talento humano y valorar su aporte, que sienta que es necesario e importante y, también, a reflexionar si en algún momento nos hemos convertido en algo mecánico solo para sentir que encajamos en un equipo.

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